Yulia

Yulia

Ya es el segundo domingo que me levanto temprano, desayuno en mi terraza, agarro la bici y me voy hasta Dardo Rocha, en Martínez, que se hace peatonal. La última vez me acompañó mi perrita Yulia.

No es nada coqueta ella, todo lo contrario, todavía luce el cuadrado que le dejo la rapada de la castración. Es atigrada, una oreja no se le endereza muy bien y  su pelo es corto y graso.

Sus cuatro patas parecen vestir botas blancas, que el día de paseo quedaron negras ya que no tenía mejor idea que caminar por el charco embarrado que había dejado la lluvia anterior.

Así iba ella, con su cola desflecada en alto, permitiendo que todo aquel que quisiera pueda ver sus partes más gloriosas.

En el camino nos cruzamos con un Chiguaga,  con un Coli “té con leche” recién sacado de la peluquería, pomposo y estirado. Nos cruzamos con algunos perros más grandes que ella. Yulia es pequeña porque no supera el año de edad y aunque lo superase ratita se va a quedar.

En estos días terminé un libro de Angeles Mastretta “El mundo iluminado”. Varios cuentos cuenta Mastretta allí. En uno habla de su perro, y de cómo su perro se enamora, pero realmente se enamora, y cito “(…) Lo vi correr tras las vigorosas, juveniles y bien dotadas ancas de una perra Rottweiler y perderse con el hocico en alto durante los siguientes dos días”.

Y así la vi hacer: pasó un perro y a ella se le voló la nariz, lo primero que recordé fue al perro de Mastretta y pensé que debería bañarla cuando llegara para sacarle la calentura que producen las hormonas ajenas…pero todo eso no hizo falta: es chiquita y ni se entera que hay perros machos en el mundo. Todo para ella, por ahora, se convierte en juguete. También mis zapatillas, y mis sandalias de taco fino.

Hace poco aprendió a saltar alto. Más alto de lo normal. Me pregunto a veces sino será cruza con canguro. Entra a mi casa por la ventana. Sí, la sacamos al patio por la puerta y entra por la ventana. Persistencia yo le llamo.

A Yulia la levanté de una parada de colectivo en Virreyes. La miro cuando duerme, la miro cuando come, la miro cuando juega con mi otra perra (ya mayor), la miro mientras me mira y pienso para mis adentros “¿Qué hubiera sido de vos sino te traía conmigo aquel día?”, a lo que ella, imagino, me responde: “Lo mismo que hubiera sido de usted sino entraba en su vida”.

 

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